Hasta ayer noche mismito, yo era lego en Lego.
Las pasadas Navidades los Reyes Magos NOS trajeron a mi hijo Pablo y a mi, el modelo 7671 de Lego, que corresponde a una nave trípode, con la tercera de las patas prensil, réplica de otra de la película “la Guerra de las Galaxias” (Star Wars en el siglo que corre,o “Star Works” según el pequeño Mateo, de 4, … y que constituye toda una promesa sobre lo que contiene la caja de Lego…). Digo NOS trajeron porque, salvo superdotación filial o retraso de desarrollo adolescente del chaval, el que compondrá la nave o modelo será el “papiguai” como te llama tu hijo si es dócil, o si es indócil el chiquillo, el componedor será el “taxista limpiaculos”, ergo tú.
El día de Reyes abrimos prudentemente la caja y extraimos una serie de bolsitas, como de chuches, pero con infinitas chuches, y con la misma prudencia y cierta labor de marketing por mi parte, volvimos a introducir las bolsitas en la caja y la cerramos palmariamente, como si del Arca Perdida se tratara, para acto seguido confinarla a lo más alto del más alto estante en espera de que el olvido, o tal vez una mudanza, o un incendio quizás, dejara aquello casi como trilobites para las futuras generaciones.
Pero no fue así, y llegó la ocasión para el recuerdo.
Ayer tarde mi hijo terminó sus deberes impecablemente veloz y preciso y sin mayor preámbulo me espetó:
- Papi, ¿ me bajas esa caja ?.
Cuando fui a mirar esperaba encontrar la caja de la plasti, y hacia ella dirigí mi brazo …
- NO, no. La negra. La del otro lado.
- ¿ Cual caja ?. no veo ninguna otra caja.
- La que está detrás de la vaca, el conejo gigante y el circo con telón. Al lado del letrero que pone “NO TOCAR”.
Ya ni me acordaba, ni sabía a qué se refería. Efectivamente, entre el conejo y el circo se vislumbraba algo negro, pero era imposible saber qué era. Empujé un poco el conejo y apareció el inconfundible logotipo de “Star Wars”. Como en las películas malas mi vista empezó a oscilar entre una proximidad enorme y una mirada desde el fondo de un tunel, frenéticamente, una y otra vez, al ritmo del cri, cri, cri de la música de “Tiburón”… También se escuchaba a Barry White susurrar: Staaaar Warsssss.
Premio y castigo. Sí. Educación General Svástica: premio y castigo. Y hoy tocaba premio,si no quería enfrentarme a un futuro llamado “fracaso escolar”. Su premio sería mi castigo.
Volvimos a abrir la caja. Contenía exactamente las mismas bolsitas llenas de chuches que yo recordaba. Tal vez más que entonces. Con ruido cantarín fueron desparramándose por el suelo ante el alborozo de Pablo y Mateo, que saltaban a mi alrededor gritando, ” ¿ Te ayudo, te ayudo ? ” y enviando enjambres de fichas debajo de los armarios, la cómoda, y la mesa, mezclándose con fichas de Famobil que residían tiempo ha en rincones recónditos de la habitación, como a la espera de este nuevo momento de gloria … mientras, yo prometía castigos insondables al que no callara o se quedara quieto desde aquél instante hasta que finalmente terminara con mi trabajo.
Cuatro horas después … los niños dormían.
Coloqué la última pieza según indicaba el manual. Recogí las piezas sobrantes y salí pitando hacia la cocina. Las tiré a la basura en la que sólo había una lata de cerveza. Sin importarme la coñita del día siguiente a cargo del portero saqué la raquítica bolsa al descansillo y eché la llave.
Luego contemplé mi obra. “El modelo, 7671 de Lego”. – pensé para mis adentros.
Me fui a la cama y comencé a soñar. En uno de los sueños yo llegaba a la Casa Blanca con un maletín. Me abrió la puerta un señor negro con librea y peluca rubia de Sota. “Soy el señor montador de Legos”. “Adelante” me dijo el adusto sirviente. Giré mi cabeza y vi que mi furgo no tenía el papelito de la ORA. En el lateral del vehículo rezaba. “Legopolio: especialistas en montaje y reparaciones de las series 7000 de modelos de Lego. Stock ilimitado de piezas extraviadas”. El caballero de la librea me acompañó a una estancia donde me esparaba un niño rubio angelical. La escena se fundía varias veces en negro. Sonaban las “cuatro Estaciones” de Vivaldi. Después de cada fundido en negro regresaba la misma imagen. Yo, sudoroso, inclinado sobre el modelo 7671 que iba cobrando forma lentamente. A mi lado el niño rubio, con calcetines a media pierna y sandalias, tip, tap, tip, tap, llevaba el ritmo como un metrónomo. Trás un último fundido, la nave está terminada. Junto a ella, algunas piezas sobrantes. El niño grita:
- Que le corrrten la cabeza.
En el siguiente sueño el mismo niño me arrebataba el oro en la modalidad olímpica de ensamblaje del modelo 7671.
Esta mañana presenté a mis hijos la nave completa. Ha superado el desayuno más o menos indemne. Los pocos desperfectos ocasionados he podido reprarlos fácilmente gracias a la indeleble imprimación que ha dejado el manual en mi memoria.
Ahora es por la tarde. He fotografiado la nave. Hela aquí:
Estoy con la oreja pegada a la puerta. Los niños están a punto de llegar. Miro la nave por última vez. Ding, dong.
Ya es por la noche. La nave ya descansa en paz: