Jan 16

Hasta ayer noche mismito, yo era lego en Lego.

Las pasadas Navidades los Reyes Magos NOS trajeron a mi hijo Pablo y a mi, el modelo 7671 de Lego, que corresponde a una nave trípode, con la tercera de las patas prensil, réplica de otra de la película “la Guerra de las Galaxias” (Star Wars en el siglo que corre,o “Star Works” según el pequeño Mateo, de 4, … y que constituye toda una promesa sobre lo que contiene la caja de Lego…). Digo NOS trajeron porque, salvo superdotación filial o retraso de desarrollo adolescente del chaval, el que compondrá la nave o modelo será el “papiguai” como te llama tu hijo si es dócil, o si es indócil el chiquillo, el componedor será el “taxista limpiaculos”, ergo tú.

El día de Reyes abrimos prudentemente la caja y extraimos una serie de bolsitas, como de chuches, pero con infinitas chuches, y con la misma prudencia y cierta labor de marketing por mi parte, volvimos a introducir las bolsitas en la caja y la cerramos palmariamente, como si del Arca Perdida se tratara, para acto seguido confinarla a lo más alto del más alto estante en espera de que el olvido, o tal vez una mudanza, o un incendio quizás, dejara aquello casi como trilobites para las futuras generaciones.

Pero no fue así, y llegó la ocasión para el recuerdo.

Ayer tarde mi hijo terminó sus deberes impecablemente veloz y preciso y sin mayor preámbulo me espetó:

- Papi, ¿ me bajas esa caja ?.

Cuando fui a mirar esperaba encontrar la caja de la plasti, y hacia ella dirigí mi brazo …

- NO, no. La negra. La del otro lado.

- ¿ Cual caja ?. no veo ninguna otra caja.

- La que está detrás de la vaca, el conejo gigante y el circo con telón. Al lado del letrero que pone “NO TOCAR”.

Ya ni me acordaba, ni sabía a qué se refería. Efectivamente, entre el conejo y el circo se vislumbraba algo negro, pero era imposible saber qué era. Empujé un poco el conejo y apareció el inconfundible logotipo de “Star Wars”. Como en las películas malas mi vista empezó a oscilar entre una proximidad enorme y una mirada desde el fondo de un tunel, frenéticamente, una y otra vez, al ritmo del cri, cri, cri de la música de “Tiburón”… También se escuchaba a Barry White susurrar: Staaaar Warsssss.

Premio y castigo. Sí. Educación General Svástica: premio y castigo. Y hoy tocaba premio,si no quería enfrentarme a un futuro llamado “fracaso escolar”. Su premio sería mi castigo.

Volvimos a abrir la caja. Contenía exactamente las mismas bolsitas llenas de chuches que yo recordaba. Tal vez más que entonces. Con ruido cantarín fueron desparramándose por el suelo ante el alborozo de Pablo y Mateo, que saltaban a mi alrededor gritando, ” ¿ Te ayudo, te ayudo ? ” y enviando enjambres de fichas debajo de los armarios, la cómoda, y la mesa, mezclándose con fichas de Famobil que residían tiempo ha en rincones recónditos de la habitación, como a la espera de este nuevo momento de gloria … mientras, yo prometía castigos insondables al que no callara o se quedara quieto desde aquél instante hasta que finalmente terminara con mi trabajo.

Cuatro horas después … los niños dormían.

Coloqué la última pieza según indicaba el manual. Recogí las piezas sobrantes y salí pitando hacia la cocina. Las tiré a la basura en la que sólo había una lata de cerveza. Sin importarme la coñita del día siguiente a cargo del portero saqué la raquítica bolsa al descansillo y eché la llave.

Luego contemplé mi obra. “El modelo, 7671 de Lego”. – pensé para mis adentros.

Me fui a la cama y comencé a soñar. En uno de los sueños yo llegaba a la Casa Blanca con un maletín. Me abrió la puerta un señor negro con librea y peluca rubia de Sota. “Soy el señor montador de Legos”. “Adelante” me dijo el adusto sirviente. Giré mi cabeza y vi que mi furgo no tenía el papelito de la ORA. En el lateral del vehículo rezaba. “Legopolio: especialistas en montaje y reparaciones de las series 7000 de modelos de Lego. Stock ilimitado de piezas extraviadas”. El caballero de la librea me acompañó a una estancia donde me esparaba un niño rubio angelical. La escena se fundía varias veces en negro. Sonaban las “cuatro Estaciones” de Vivaldi. Después de cada fundido en negro regresaba la misma imagen. Yo, sudoroso, inclinado sobre el modelo 7671 que iba cobrando forma lentamente. A mi lado el niño rubio, con calcetines a media pierna y sandalias, tip, tap, tip, tap, llevaba el ritmo como un metrónomo. Trás un último fundido, la nave está terminada. Junto a ella, algunas piezas sobrantes. El niño grita:

- Que le corrrten la cabeza.

En el siguiente sueño el mismo niño me arrebataba el oro en la modalidad olímpica de ensamblaje del modelo 7671.

Esta mañana presenté a mis hijos la nave completa. Ha superado el desayuno más o menos indemne. Los pocos desperfectos ocasionados he podido reprarlos fácilmente gracias a la indeleble imprimación que ha dejado el manual en mi memoria.

Ahora es por la tarde. He fotografiado la nave. Hela aquí:

Modelo 7671 de Lego

Estoy con la oreja pegada a la puerta. Los niños están a punto de llegar. Miro la nave por última vez. Ding, dong.
Ya es por la noche. La nave ya descansa en paz:

Modelo 7671 de Lego
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Oct 23

La pregunta del millón, diría yo. La pregunta que me ha tocado responder tantas veces que ya he conseguido crear un mecanismo de autodefensa.

Para poder responderla la interiorizo y me convierto en charcutero. Y la conversación dice así:

- ¿ Cuánto me cuesta una página web ?…

Me ajusto el delantal y contesto.

- ¿ Y cómo lo quiere: al peso, una barrita o una bandeja de choricillos para freir ?.

- Pues no lo sé.

- Y como cuanto, ¿ 1 kilo, 2 … ?.

- Quiero que se pueda freir o servir en lonchas, o colgar a la intemperie. – me dice.

- ¿ De marca … con denominación de origen …? – y pongo el dedo en mitad de una barra.

- Por favor, no se me ponga técnico que no entiendo nada de chorizos, eso lo dejo en sus manos.

- Mire. Si le parece le pongo mitad y mitad, ¿ vale ?.

Se saca tres euros del bolsillo y dice: Esto es lo que tengo.

- Mejor le voy a dar la mitad de la mitad …

- ¡ Pero señor, si le cuesta lo mismo cortar ese trozo que la mitad de ese trozo !. No me sea rácano con su tiempo. Ande, démelo todo que me ha hecho una oferta mucho mejor la hija de mi prima.

- Oiga usted. Este es un espléndido chorizo, curado ….

- Déjese ya de tecnicismos, le digo. Usted sólo quiere aprovecharse de mi ignorancia. Por cierto, ¿ su chorizo es escalable ?.

(Sí, sí … y navegable)

¿ Soportará el efecto 3000 ?.

(Mmmm. No hay datos contrastados)

¿ Es multiusuario ?…

(Uy claro, y combina fetén con el brócoli)

Ladrón !

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Oct 10

Hoy me llegó notificación de la Diputación de Barcelona. Era una multa por estacionar en doble fila en el aeropuerto del Prat el día 18 de Agosto de 2006.

Lo sorprendente del asunto es que mi Renault Laguna, en tal fecha, nos paseaba a mi & famila allá por Costa Ballena y cercanías: San Lucar, Puerto de Santa María o Rota. En realidad, lo más próximo a Barcelona o a el Prat que ha estado mi coche, ha sido Teruel.

A la vista de estos hechos me parece un poco exagerada la interpretación que hace la estimada Diputación del significado de “aparcarcar en doble fila”, un concepto que abarca de punta a cabo la Península Ibérica y configura un nuevo accidente geográfico que podríamos bautizar como “la Gran avenida del Prat”, y que a buen seguro se podrá contemplar desde la Luna, que es casi lo mismo que decir desde el Prat. Si cuando estaba en Rota mi coche era sancionado por aparcar en doble fila en el aeropuerto del Prat, ahora que lo tengo en el garaje de mi casa de Madrid, según consideración de la Diputación, estimo que mi coche estará aparcado a mitad de camino entre la cafetería y la pista de aterrizaje del antedicho aeródromo, y la sanción a la que me expongo entra más en el ámbito de lo penal.

Confío que sólo se trate de un error administrativo y no de una ampliación del Plan General de Ordenación Urbana por parte de la Dipu. Si así fuera no sería de extrañar que cualquier día de estos nos veamos sorprendidos en nuestra hamaca gaditana, a la vera del Atlántico, vuelta y vuelta y otra vez, por un enjambre de japos que desciende del vuelo de Vueling de las 16:30 con escala en el Prat, pidiendo butifarra (o butifala), en el chiringuito anexo.

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Oct 10

Todo el mundo sabe que los informáticos son un poco raros. Yo conocí a uno muy callado, de Logroño, que sólo abría la boca para poner lacitos lapidarios.

Trabajábamos los dos en un despacho luminoso pero sin decoración alguna. El departamento de programación. Junto a nuestro despacho estaba el de los diseñadores: posters y un sinfin de bibelots amenazaban derrumbarse sobre sus adorados MacIntosh con el retumbe de la música del “artista anteriormente llamado Prince”. En nuestro despacho, “el departamento de programación”, reinaba el silencio. Ignacio el de Logroño y yo en mesas opuestas. Si levantábamos la vista sólo veíamos un cacho de la oreja del otro asomando por el lateral del monitor, sólo unos centímetros por encima de la superficie de la mesa. Los informáticos se sientan raro también. Se sientan tumbados, o casi. Se sientan más bien paralelos al suelo, como si se hubieran desmayado, o levitaran, con los brazos estirados al máximo para poder alcanzar el ratón, o bien, ocasionalmente, pulsar alguna tecla … pero sin estrés.

Es un día como cualquier otro. Nosotros dos y el silencio. Click dijo el ratón y ¡ bang !, funcionó. Había dado con ello.

- Ven Ignacio, rápido – de mala gana recuperó la verticalidad y con gesto apesadumbrado se desplazó hasta mi lado. Se apoyó contra la pared, en ángulo pronunciado, cruzó los brazos y empezó a tironearse de los pellejillos del labio esperando que aquello no se prolongara más de lo necesario.

Yo estaba exultante:

- Atento, eh. – Cogí mi taza de café, di un sorbo largo, y alcé la mano para, con un gesto descendente y ampuloso, depositarla sobre el ratón y hacer click. ¡ Bang , otra vez !. En ese momento unas irresistibles ganas de toser me sobrevinieron. Y tosí. Y la pantalla se volvió marrón. Una miríada de gotitas de café cubrió el monitor impidiendo ver las prometidas maravillas. Y del silencio surgió su voz.

- Espectacular.

En otra ocasión nos tocó hacer un juego. Era un juego promocional que se distribuiría de forma gratuita con no recuerdo qué revista. Los diseñadores hicieron un trabajo excelente. También los guionistas. Luego entramos nosotros. Hasta tres días sin salir de la oficina, mal alimentados, ojerosos, luchando con un código equiparable en número de líneas al Quijote y en el que cada pequeño cambio realizado semejaba la caida de un meteorito gigante en un delicadísimo ecosistema …

Y llegó el día de la presentación. Veíamos el mundo como con neblina. Estábamos agotados, sucios y bastante irritables. El jefe era sumiso, casi afectuoso, nos hablaba como algunos adultos hablan a los niños. Entró al despacho acompañado de los clientes. Al día siguiente “íbamos a imprenta”. Sin mediar presentaciones les sentaron a mi lado.

- Vamos allá – dijo uno.

Preferí no tomar café y simplemente hacer click con el ratón. Pero ¡ bang !. Esta vez el monitor se puso azul. Error de memoria … Silencio.

Miré al frente y vi a Ignacio. En esta ocasión no le vi la oreja, sólo un cacho de hombro que se agitaba nerviosamente. Entonces caí en la cuenta de que yo también me estaba riendo, así que me agaché para reiniciar el cacharro esperando que no se dieran demasiada cuenta. Un mes después “fuimos a imprenta” …

El otro día salió en las noticias un señor al que le llegó una factura de una gran empresa. Le llegó a nombre de Gilipollas Caraculo. En la televisión no se explicaban qué podría haber pasado, pero los informáticos sabemos que uno de los nuestros está en el paro.

Sí, los informáticos son un poco raros. Todos los manuales de programación (dá igual si es Java o C++ o Pascal …) comienzan explicando un simple programín que se limita a escribir en pantalla “Hola Mundo”. Pero todos los informáticos sabemos que nuestro primer programa se limitó a escribir en pantalla “caca”. Todos los informáticos hemos enviado por error a nuestro jefe un email de prueba cuyo asunto era “caca”. Todos los informáticos sabemos quién mandó esa factura. Fuimos nosotros. ¿ Y por qué ?. Por la escoliosis derivada de nuestra mala forma de estar sentados, ¡¿ está claro, Caraculo ?!.

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Oct 10

Cuando inscribimos en el registro a nuestro hijo con el nombre de Mateo, su tío Jesús dijo: “le pegarán en el cole”.

Pero él es de los 70 como yo, y por regla general ciertos nombres iban asociados indefectiblemente a la colleja, la toba y el capón. Con la explosión de la inmigración de los últimos años, una de las cosas que tenemos que agradecer, es que ya no creo que se pegue por lo del nombre ¿ o sí ?. A los Olegarios y Onésimos autóctonos se ha unido ahora todo un riquísimo santoral de cualquier parte del mundo, lo cual convierte a todos y cada uno de los nombres en estrambóticos por si mismos. Ya no hay nombres “pegables”.

Yo fui a un colegio de curas y no sé si por eso había una tendencia un poco especial con lo de los nombres. Entre los escasos profesores seglares que había en plantilla teníamos dos Saturninos y un Marciano. Se conoce que los curas se tomaban en serio aquello del cielo y era allí donde situaban su peculiar INEM. Entre mis compañeros había un chico de voz aflautada que se llamaba Serafín. Y sí, le pegaron. No sé si se hablará con sus padres, porque, vamos … Mandar a tu hijo a un colegio de curas de los 70, con voz aflautada y semejante nombre es como para … Parece como que los padres, el día del bautizo le estuviera diciendo “para tí será el fin”. También teníamos un profe Tarsicio y … En algunos casos el mote que se les ponía más que zaherir, desdramatizaba. No éramos tan malos.

Bueno, el gremio de los maestros es de los que va de menos a más, y si cuando eres niño ocupan lo más bajo del escalafón social, cuando tienes hijos aprendes a querelos.

Pero si hay un gremio despreciado en este país es el de los árbitros de fútbol. En los años 80, yo creo que como consecuencia del paso por colegios de los 70 o 60, llegaron ala gremio arbitral dos personajes a los que estoy seguro que les pegaron en el cole, pero mucho. Aquello debió destruir tanto su autoestima que, en un gesto de autodestrucción sin parangón, se metieron a árbitros para que sus increibles nombres fueran un domingo sí, otro también, cacareados por la entonces única TV con su Estudio Estadio. Seguro que les recuerdas: Aceval Pezón y Condón Uriz. Yo no sé cuantas cosas habré olvidado de aquella época, pero os puedo asegurar que moriré con su recuerdo vivo. Y es que, por ejemplo, en el caso de Aceval, hubiera bastado llamarle así: Aceval. Pero claro, los periodistas no perdonan, y le sacaron el Pezón. En cuanto a Condón, ¿ por qué no se lo saltaron, era tan difícil llamarle sólo Uriz, o ¡ joder ! C. Uriz ?. ¡ Mira que hay jugadores en el futbol que se llaman por el nombre de pila !: Joaquín, Iván, Luis … y punto. Pues no. Al arbitrucho le sacas los dos apellidos. Así que al pobre Uriz “le calzaron” el Condón. Porque los dichosos periodistas también habrían estudiado, seguro, en un cole de los 70 y el que pega primero, dicen que pega dos veces.

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