Siempre detesté a The Queen. Por su estética, por su gigantismo operístico, por viejos rockeros … en fin, yo era de la Nueva Ola y claro, todo lo anterior no valía una “hipoteca”, si me perdonan la alusión temporal ….
El caso es que los Reyes Magos, adivininando mi deseo de enganchar a mis hijos a la música, ya fuera por “We will rock you” o “Another one bites the dust”, me trajeron el disco “Queen: Absolute Greatest”, un recopilatorio de 20 canciones del grupo The Queen que directamente aparqué en la estantería hasta que las orejas de mis infantes anduvieran a tiro para enchufarlo a todo volumen … y de paso salir de la habitación.
Ayer me puse a escuchar el disco, porque al fin y al cabo de peque no me gustaba la lechuga o el tomate, y por si había crecido de nuevo, que ya son ganas de crecer conduciendo un Chevrolet de 45 pistonudos tacos, y descubrí que sin haber vuelto a crecer, a Dios gracias, al menos tuve mi pequeña reconciliación reinona, principalmente con con Freddy Mercurio (el detestable acompañante de la Caballé allá por el 92 de Barceloooona – detesto la ópera también … y 1 + 1 en este caso suman 0).
Pero …. escuché el disco entero. Conocía prácticamente todas las canciones, ¿ y quién no conoce el sonido de un misil en Kabul ?. Queen, la Banda Sonora soñada, sonada y asonada hasta la úlcera por repetición. The Queen ….. Deben ser maravillosos pero a mi me resultan como cierto restaurante chino, con puentecito recoleto de entrada sobre súbito estanque de pececillos con cara de esperar su hora, y que da paso al gran catafalco, trono o morada del Dragón de las Tres Delicias, todo rojos y dorados con servilletas de papel perfectamente ajedrezadas en azul celeste y blanco rugoso-higiénico y con cada uno de sus cuadraditos no mayores que la mayor porción de animalillo ya sea agridulce o en salsa de soja que te sirven. Un derroche rococó, vamos.
Y llegué al final del disco de Grandes Éxitos, de los Queeen para más INRI, y en el tema 17 me paré, y lo puse varias veces.
“Somebody to Love”. Con mis cascos de jefe de obra en Alaska (por tamaño, quiero decir), a la vieja usanza, dado que detesto, esta vez por daño físico, esos pequeños auriculares que se empotra el personal a modo de supositorios timpánicos, y que a mi me producen tal malestar que ni siquiera en vuelos transatlánticos uso para ver la peli que ponen para que olvides que te vas a estampar en cualquier momento contra el planeta del que nunca debiste despegar tus pies … Que sí, que vale, que uno es de la era de Mortadelo y Filemón, de acuerdo.
Como iba diciendo en alguna parte de este texto, de cuyo contenido no quiero acordarme, me paré en “Someboy To Love”, canción número 17 del disoc.
Si pillo este tema en mi adolescencia … mi enamoramiento de aquella chavala, ese enamoramiento que me volvió mohíno y quejicoso, y me produjo tuberculosis afectiva, e hizo que olvidara que yo podía ser campeón del mundo de fútbol-chapas (aún conservo mi equipo de chapas de aquél entonces, la selección argentina de Kempes, Tarantini, etc…) y me convirtiera en oyente pasivo de los Bee Gees, John Denver o Supertramp. Bueno, al final me quedé con Moris, el rockero argentino ese que hablaba de Bravo Muriiillo …. hasta el fin, pero sólo porque mi amor platónico se fugó al planeta Platón con el malo de la peli a un apestoso lugar donde los Bee Gees, Supertram y John Denver tocaban gratis para enamorados.
Y decía en el párrafo anterior …. que si pillo este tema en mi adolescencia, mi cretinismo supremo se hubier podido titular “En Busca de la Nerurona Perdida”.
Centrándonos un poco en el tema que nos atañe, por ejemplo el tema número 17 del disco recopilatorio de los Queen de título Absolute Greatest, recientemente publicado, descubro que me estoy mareando porque no sé muy bien de qué iba este artículo y empiezo a sentir el conocido “síndrome de la parte contratante de la primera parte”, más conocido en España como el “síndrome de la empanadilla de Móstoles”. La ciudad de Móstoles, leñe, no el petrolero. Me permito ahora adjuntaros el viejo refrán que dice:
El tiempo corre una barbaridad
y lo que antes fue pueblo, ahora (por hoy) es ciudad
¡ Cuanta verdad !.
Pues en el minuto 1:35 de “Somebody To Love” me reconcilié con Freddy Mercury y con los Queen. Ese fraseado arrastrado, increiblemente feliz, dos o tres compases maravilllosos que para mi encumbran a este tipo al que veré siempre con otras orejas …. Gracias amigo Mercurio. Me bastaría no dos, sino un solo compás de esa pasión ….
Aunque siga sin ir a ese restaurante chino, ¡ que quede bien claro !