Después de años de dipalidar mi juventud decidí que debía devolver a la sociedad lo poco o mucho que había aprendido. Así que me acerqué a la sede de “Tarde o Temprano, Obra Social” y me apunté a uno de sus programas de choque, para “aproximar el ayer al hoy, y el hoy al ayer” y que consistía en visitas periódicas a Mariano X, un señor de pelo blanco que aparecía en una foto de carnet que me mostraron brevemente, y que me recordaba de forma vaga a alguien o a nadie.
Un día de mayo me presenté en la residencia y me condujeron al patio ajardinado. En el centro del mismo había una fuente que murmuraba plácidamente. Unos altavoces ocultos en figurillas de gnomos desgranaban una dulde melodía: ¿ Enya tal vez ?.
En la plazuela que rodeaba la fuente había un caballero de rostro sereno y pelo blanco al que la luz de la tarde parecía dotar de un aura ultraterreno. En la pequeña fuente, peces de colores nadaban a gran velocidad, excepto los que no tenían pilas.
- Hola Mariano – le dije.
Él pareció despertar de una profunda ensoñación y bostezó. Saltó un pez.
Después de varias visitas, nuestra relación pareció estancarse. Me propuse ser un poco más incisivo.
El día 6 de agosto, después de un día de trabajo extenuante, me presenté en la residencia decidido a cambiar el rumbo de nuestra relación.
- Hola Mariano- le dije. El bostezó y salto un pez. Aprovechando que hoy se había puesto unas gafas negras arriesgué.
Extendí la mano ante sus ojos e hice una serie de bises y muecas para comprobar si su ceguera era real. A lo lejos se oyeron unas risillas. Animado por ellas volví a ejecutar la misma coreografía, ya casi seguro de la causa de su mutismo.
Saltó un pez y Mariano me dió un bofetón.
Satisfecho por aquel primer contacto físico, (y visual sin duda, dada la precisión de la bofetada), me presenté a principios de otoño con ánimos renovados, y ya en su habitación, habida cuenta de que las hojas ya cubrían completamente la superficie de la fuentecilla y que ya los de intendencia se habían quedado sin presupuesto para comprar más pilas para los pececillos de colores, reanudamos nuestras hostilidades.
La estancia era espartana y punto. Había una bacinilla en la esquina opuesta a la puerta. Yo pensé que era un florero, o una pecera, pero no. Según entré y me vio, y antes de que le dijera el preceptivo “Hola Mariano”, que ya había declinado como “punto de partida”, él se levanto y orinó a medias en la bacinilla, un cuarto en la pared y el otro cuarto en las baldosas. Regresó a su cama sin sacudírsela. Hoy no llevaba gafas de sol y en cambio se puso a leer “El País”.
Extasiado por este cambio en el guión me agaché para recoger la bacinilla y llevarla al baño para vaciarla, y así envalentonado le solté:
¿ Ja, ja, de ZP eh, don Mariano ?.
Y allí agachado, casi incorporándome sentí el inhumnano dolor provocado por la puntera de acero de sus botas de cuero en mis genitales. Nunca dejará de sorprenderme la velocidad involucrada en esa escena. Cama, suelo, paso, paso, paso, paso, patada.
Ahora tengo un testículo encajado, “hombro con hombro” con la nuez de Adán. Me ha vuelto a cambiar la voz y he dejado de fumar. Camino encorvado por causa del hilo que une ambos testículos, el inferior y el superior, aunque el médico no cesa de decirme que la existencia de tal hilo conector no existe.
Es casi Navidad, y convencido de que Mariano se sentirá solo en estas fechas tan señaladas, y convencido de su arrepentimiento seguro, me acerco a la residencia con un paquete de bombones que he comprado en Mallorca y unas discretas protecciones de full-contact. Deposito los bombones al pie de su cama y me retiro. Le sonrío tímidamente.
- Hola Mariano. -
Coge un bombón y lo paladea. Coge otro y luego otro. Así hasta que se acaba la caja. Sin decir palabra. Luego se reclina sobre las almohadas y abre con un golpe seco “El mundo”. En la contraportada aparece una foto del hijo de Mariano, o de alguien que podría ser su hijo. En la foto de al lado, pegada practicamente con la otra, se ve un cuerpo sin cabeza. En letras grandes se lee: “¿ Que fue de Marianillo … El hoy y el ayer de un psico …”. En ese momento siento un dolor terrible en el ojo derecho y con el izquierdo, que conserva su curiosidad, veo cómo Mariano empuja un bastón contra mi cara, para ser más exactos contra mi ojo derecho, y una vez que choca la contera del bastón, y mi ojo derecho entre medias claro, contra la parte trasera de mi cráneo, veo que se encarama sobre la cama, y reconduce la trayectoria de su empuje hacia abajo, de tal forma que mi ojo derecho atraviesa cavidades y esponjosidades, en la oscuridad y no sin dolor, hasta ubicarse más abajo, en algún sitio en el que se hace la luz de nuevo y descubre, primero mi ojo y luego yo, que está rodeado por unos nuevos párpados, menos flexibles, y que sin agacharse siquiera se ve los pies, lo cual le vendrá de perlas en el futuro a la hora de cortase las uñas de los mismos, una vez que se acostumbre a que el hilo condutor que une los ojos tire hacia abajo y el otro hilo conductor, el de los testículos, tire hacia arriba …